El cine, un territorio por sí solo

El cine, un territorio por sí solo

Por Alfonso Blanco

En The Grand Budapest Hotel, Agatha (Saoirse Ronan) tiene un lunar o marca de nacimiento en una mejilla, con la forma del territorio mexicano. Hace uno días circuló un meme en el que se hacía una comparación entre la cinta de Wes Anderson y Birdman de Iñárritu, haciendo notar con bastante humor que la película del tejano tenía más de México en un cachete que toda Birdman. Tengo que reconocer que la imagen me sacó una sonrisa, pues hasta la misma Saoirse declaró que no sabía la razón por la que llevaba esa marca su personaje. La decisión resultó ser la más burda, pues se eligió a la figura del territorio mexicano por su “elegancia”, al menos así lo declaró en una segunda entrevista la actriz. 

Situaciones semejantes acontecieron la ceremonia del Oscar en el 2014. Una efervescencia desatada por el público, sólo faltó ir al Ángel. No sólo los espectadores han demostrado su entusiasmo, la prensa mexicana busca el mínimo pretexto para recordar en qué país nació Cuarón. Todas estas situaciones recuerdan el eterno debate dentro del cine, ¿qué es lo que determina la nacionalidad de una película?

En 2006, el mismo Iñárritu sostuvo una plática en Francia con Carlos Fuentes por Babel, entre los puntos que abordaron se hicieron presentes las cuestiones de nacionalidad sobre la película, a lo que el director declaró "¿Qué le da la nacionalidad al cine?, ¿Qué hace que una película sea mexicana o no? ¿Y más allá de eso importa? Es una discusión muy profunda que existe, pero yo siempre termino preguntándome si importa o quién puede definir el origen de una película.” Babel –el nombre lleva algo implícito-, tenía productores de Japón y Marruecos, un director de música argentino y un guionista mexicano; ejemplos de una cinematografía contemporánea que ha derrumbado barreras por sí sola.

“Las películas son de la lengua en la que se hacen”, decía Ripstein, bajo esta idea, Frida (Julie Taymor, 2002) jamás podría ser considerada una película mexicana. Otro ejemplo, del que hubo demasiada controversia fue con El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009) – como si los argentinos se pelearan con los uruguayos por decidir de qué país es Gardel. La película es una coproducción entre España y Argentina, está filmada completamente en Argentina y fue elegida por este país para competir en el Oscar, que después ganaría. Sin embargo, los españoles sentían suyo el premio.

Los ejemplos que voy presentando pueden resultar en una reflexión ociosa, pero para mi comprensión de las cosas, necesaria. Carlos Losilla en La Vanguardia sentenciaba el debate con esta frase “el cine sólo se pertenece a sí mismo y lo nacional es una cuestión de puesta en escena.” Bajo esta idea habría que pensar en las identidades de ciertas regiones. A pesar de que Latinoamérica está fragmentada en divisiones políticas, su cine puede presentar ciertas similitudes. De igual forma las películas latinoamericanos han encontrado en la coproducción una forma de lograr estrenar sus películas; esta práctica va generando un acercamiento ente industrias solidas – como la canadiense o algunos países de Europa-, y países con fondos limitados.

En el prólogo de Paisajes de la Muestra (Cineteca Nacional, 2014), José Luis Ortega reflexiona acerca del proceso ejecutado para hablar sobre el gran número de películas que se han presentado en la Muestra Internacional de Cine. Menciona que las regiones en las que se divide el libro se pensaron a partir de las identidades e idiosincrasias culturales más que en las meras divisiones políticas. Esta última idea representa en mi gusto, la manera más acertada de encontrar similitudes entre películas – de igual forma los géneros o movimientos de directores.

Europa como un continente extenso en identidades. Los países nórdicos son diametralmente opuestos al cine del mediterráneo (Italia, Grecia y Turquía). El viejo continente exige en la mayoría de los casos que las películas determinen claramente a qué país pertenece su producción, para poder otorgar apoyos. Pero al final esas reglas, mismas que se quedan impresas en el papel, no pueden con el cine y su inigualable forma de romper barreras. El debate sigue, ¿quién tiene la razón?

Al final el séptimo arte es un territorio, un lenguaje por sí solo, un evento más allá de cualquier definición. Las películas sólo se dividen en buenas y malas, como dicen por ahí. Al término de una historia, sólo quedan los espectadores, con sus propias interpretaciones de lo visto, con sus sentimientos explotando por dentro o con la sensación de tiempo de vida robado.


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