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El Demonio Azul, no todos los héroes tienen que ser unos santos

 

 

Martín Josué Martínez

El auge que experimentaba la lucha libre a principios de la década de 1950, le permitió llegar a la pantalla grande. Sin embargo, debido a las características del deporte-espectáculo (la aparente carencia de reglas), así como su apego al barrio, la llevaron a ser tildada por algunos sectores como una práctica salvaje y vulgar. El estigma continuó sangrando y las primeras cintas del género plasmaron el sentir de esos sectores conservadores. Filmes como “La última lucha” (1958, Julián Soler), están plagados de connotaciones negativas hacia el pancracio; no sólo se le considera un peligro, sino que también algunos atletas son vistos como seres incapaces de ganarse la vida de una forma más honrada. En uno de los diálogos pronunciados por El Cavernario Galindo se lee lo siguiente: “Este oficio es del demonio. Golpearnos hasta quedar locos, idiotas o muertos”.

Tras la llegada del deporte de los costalazos a los medios masivos de comunicación, más sectores sociales se sintieron atraídos por la magia que se desenvuelve dentro de una arena, tal situación produjo un giro de 180 grados. A principios de 1960, la imagen del luchador en el cine se trocó por la de un personaje digno de admiración y al que se le respeta, principalmente, por su trabajo. Su máscara adquirió simbolismos apegados a las actitudes socialmente buenas, como justicia, bondad y valentía. Se convirtieron en héroes estoicos. Uno de los estetas que encarnó y encaró esas fantásticas aventuras en el celuloide fue el regiomontano Blue Demon (1922-2000).

El “Manotas”, debutó en 1965 con “Blue Demon. El Demonio Azul” (Chano Urueta). La cinta se divide en tres episodios de media hora de duración: Demonio Azul, El aullido macabro y La furia de la Bestia. Más que una forma de contar la historia, se trató, principalmente, de una forma mediante la cual el STIC (Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica) disfrazó sus series que debían ser sólo para la televisión y las llevó a la pantalla grande, violando de manera explícita el laudo presidencial de 1945, todo en aras de economizar en diversos ámbitos de la producción.

La historia da inicio cuando una serie de brutales asesinatos llaman la atención de las autoridades científicas. El desconcierto reina entre los más doctos y no queda otra solución que llamar al único personaje capaz de resolver el misterio, Blue Demon. De inmediato, el fornido luchador se da cuenta que las muertes tienen que ver con la extraña desaparición de sus colegas, por lo que decide ayudar a su amigo el profesor Grebel (Mario Orea). Conforme avanza la trama, Demon descubre que los extraños seres que asolan a la población son hombres lobos, creados genéticamente por Lauro Caral (Jaime Fernández), quien intenta generar una raza de súper hombres, en donde reinen los instintos naturales, que han sido coartados por aquello que llamamos civilización. Como era de esperarse, la locura del científico lo lleva a alejarse de sus seres queridos y al final encontrarse con la muerte.

“Blue Demon. El Demonio Azul”, se estrenó en la ciudad de México, el 9 de julio de 1965, en los cines Briseño Nahúr y Atlas. Contó con la participación de Rosa María Velázquez, Fernando Osés y se vio engalanada con grandes figuras de los cuadriláteros como Guillermo Hernández “Lobo Negro” y Dick Medrano. La cinta es, sin duda alguna, un testimonio valioso del cine de luchadores. Sí dejamos de lado los errores visuales y el argumento trillado, es muestra de la flexibilidad del género al mezclar la lucha libre con la ciencia ficción, los ambientes urbanos con los rurales y la modernidad con la tradición, todo en perfecta armonía. Asimismo, es una pieza fílmica que nos permite ver el México surrealista, en el que se tienen que acudir a los luchadores para terminar con el crimen y la violencia, pues las autoridades judiciales y científicas, se muestran incapaces de llevar a cabo su labor.

Fotos: sitio oficial de Blue Demon