La mosca: dos sociedades, un mismo monstruo

La mosca: dos sociedades, un mismo monstruo

Por Toño Quintanar

Fue en 1958 que el director Kurt Neumann nos dio una grata muestra de la profundidad psicológica que la ciencia ficción puede alcanzar con La mosca de la cabeza blanca, filme que narra las desventuras del doctor André Delambre (David Hedison), científico que, obsesionado por transgredir las leyes espaciales de la materia, termina sufriendo una modificación estremecedora al combinar su ADN con el de una mosca. La bestia y el humano han quedado anclados el uno en el otro, conviviendo en el mismo cuerpo, como una apología del bien y el mal trabados en lucha perpetua. A pesar de esto, aún es posible percatarse de dónde empieza el Delambre y dónde termina el monstruo. La razón y la irracionalidad se encuentran juntas pero peleadas, sin dejarse seducir la una a la otra.

La concepción que aportó Neumann acerca del mal invasor de la psique es diferente a la que, casi treinta años más tarde, David Cronenberg imprimiría en su revolucionaria interpretación.

La versión de 1958 responde a ideas más acordes con su época y a los tabúes sociales que eran más evidentes en ella. El “mal”, representado por la bestia, es algo físico e inmediato. Esto se refuerza con el hecho de que la cabeza y el brazo del doctor Delambre quedan modificados mientras que el resto del cuerpo continúa siendo el mismo. 

A diferencia de la perspectiva tan directa que Neumann trata en su largometraje, Cronenberg apuesta por una concepción más inquietante. Desentendiéndose un poco de la cinta de 1958, donde la transformación corpórea se da de forma inmediata, en esta nueva versión la mezcla entre bestia y hombre no puede identificarse a primera vista. Encontramos a la animalidad escondida dentro del cuerpo del brillante Seth Brundle (Jeff Goldblum), esperando el momento preciso para brotar y ser descubierta. El “ello” y “el súper yo” ya no se encuentran enemistados, sino que comparten de forma equilibrada un mismo escondite.

Ambos monstruos, tanto el de 1958, como el de 1986, representan las inquietudes más inmediatas de sus respectivos contextos.

El primero expone la amenaza de algo inmediato que resalta de forma inconfundible, mientras que, la bestia de Cronenberg, responde a la ansiedad de no poder diferir entre el bien y el mal, ya que ambos conviven en un mismo ser.

El doctor Delambre, al haber perdido su normalidad y ver fallidos sus intentos por recuperarla, busca desesperadamente la muerte como un acto de responsabilidad. Prefiere el olvido antes que volverse una transgresión social. Esto se encuentra irremediablemente arraigado a la concepción de sacrificio nacionalista que trataba de procurarse durante esa década en Norteamérica.

Mientras tanto, el doctor Brungle parece listo para un nuevo comienzo que cambiará su relación con este mundo. Es decir, lejos de estar avergonzado por su bestialidad, pareciera portarla con orgullo como su auténtico yo reprimido, dispuesto a transgredir, de forma gustosa, la sociedad normalizada. Clara apología del desencanto postmoderno que comenzaba a aflorar en los ochentas.